LA DOCENCIA: VOCACIÓN O PROFESIÓN

Hace un tiempo me  vino a la mente la idea de cómo sería el docente que, a lo largo de su paso por el sistema educativo, hubiera ejercido sobre sus alumnos una influencia beneficiosa y determinante. Pensé también cuáles serían sus características más significativas o que mejor lo definiesen. Imaginé cual  sería la relación causal entre esa forma de ser y la influencia positiva que esos profesionales habían ejercido.

 

Hablamos de la necesidad apremiante de tener maestros y maestras competentes. En esta profesión la competencia profesional no es solo intelectual, es también afectiva.

 

Me pregunto cómo debe ser la formación para que desarrollen las cualidades que determinan esa influencia positiva y cómo sabemos que las poseen quienes van a dedicarse a esa tarea. También hay que tener en cuenta la importancia de estas dimensiones en el proceso de selección y, especialmente, cómo incidir en el cultivo de esas competencias cuando el currículo se articula casi exclusivamente sobre conocimientos y destrezas.

 

En el gremio de la educación cunde la idea del desprestigio creciente que  la sociedad tiene de esta digna profesión. Se les  prejuzga con excesiva rapidez y desconocimiento, en muchos casos, por el número de días de vacaciones. La gente no sabe que los docentes durante las vacaciones de Navidad y Semana Santa o el famoso y polémico mes de julio están a disposición de la Administración, que puede requerirlos para labores como: pertenecer a Tribunales de oposición, para actividades de formación… Además, los docentes españoles son los que tienen un año lectivo con más número de días en toda la Unión Europea y mucho países del resto del mundo; todo ello sin tener en cuenta las horas que un buen docente dedica a la preparación de sus clases, corrección de ejercicios, exámenes etc.

 

Comparando con otros servicios públicos como puede ser la Sanidad y la Justicia, creo que la sociedad valora mucho menos su labor porque le dan una importancia relativa: no salvan “vidas”, ni tienen en su poder la decisión sobre los actos humanos. Sin embargo, considero que el trabajo para formar a los hombres y mujeres del futuro es de una importancia crucial, en cuanto que el activo humano de un país forma parte del capital y riqueza de una nación, que quiere progresar a todos los niveles. En cambio, la Escuela en muchas ocasiones se entiende como un “aparcaniños” mientras los padres van a trabajar y les dan sólo el valor de cuidadores y educadores, mientras los padres claudican de esa función a la que toda la sociedad debe contribuir. En definitiva, el docente no se ve reconocido en esta tarea tan importante.

 

Pero ya sabemos que ahí mismo empieza el fracaso: políticos con una falta clara de voluntad para solucionar los problemas, una sociedad que no valora suficientemente la EDUCACIÓN y la CULTURA, unos docentes desmotivados que cumplen su papel de la mejor manera que pueden y un alumnado-víctima que se encuentra totalmente desorientado en una fase fundamental de su vida, la de su formación.

 

No me considero una persona pesimista, y aunque el discurso social sobre la Educación siga esos derroteros, yo me resisto con voluntad al desaliento. La formación es una cuestión muy compleja y diversa: hay alumnos que necesitan tan solo atención y algo de cariño, y otros requieren de información y verdadera cultura. El docente debe adaptarse a esas dos realidades de la mejor forma posible. Pero debe estar arropado completamente por todos aquellos que lo tienen ahí para ayudar y servirles: familias, Administración, Estado y, por supuesto, los alumnos.

 

Es evidente que la cuestión económica va a influir en la Educación como en otros muchos aspectos y servicios sociales. Pero eso no debe ser una excusa para que no tratemos todos de mejorar en lo posible. Toda la comunidad educativa y la sociedad en general está llamada a ese esfuerzo y con la ayuda inteligente de nuestros políticos muchas cosas se podrían hacer. Es una cuestión de voluntad y buen hacer.

 

Los tiempos en la Enseñanza son difíciles, pero no creo que más que antes. Esta profesión creo que sobre todo exige una vocación humana. Se trabaja con personas y no con máquinas y eso ofrece  lo mejor y lo peor. En definitiva, trabajar con “material humano” es mejor que con ordenadores o máquinas, porque las satisfacciones son mayores, pero los problemas no son precisamente de “disco duro”.

 

Si un alumno no recordara a ningún profesor que hubiera ejercido una especial influencia en su vida. Me causaría tristeza y me haría pensar. ¿Qué le ha pasado a ese alumno en el sistema educativo? ¿Qué ha vivido? ¿No le quisieron ayudar? ¿No lo necesitó? ¿No se dejó ayudar?

 

La escuela ha sido, tradicionalmente, el reino de lo cognitivo, no el reino de lo afectivo. Al entrar y al salir de la escuela se pregunta a los alumnos y a los profesores: ¿Tú qué sabes sobre…? Nunca se pregunta: ¿Tú que sientes, a ti qué te pasa…?

 

En el colegio se aprende historia, geografía, matemáticas, lengua, etc. Pero, ¿qué se aprende respecto a la afectividad? Nada. Absolutamente nada sobre cómo se interviene cuando se desencadena un conflicto. Nada sobre el duelo, el control del miedo o la expresión de la cólera y nada de cómo podríamos ayudar a superar las crisis que a lo largo de nuestra vida nos van a ir sucediendo y que con una buena preparación afectiva serían mucho más fáciles de afrontar.

 

Alguno podrá considerar esa cuestión poco menos que intrascendente, cuando no perjudicial para los aprendizajes, ya que restaría un tiempo necesario para hacer cosas más importantes. Pero no. Yo creo que para todo es mejor sentirse querido, estar motivado, tener una buena actitud hacia la institución, el profesorado y la tarea.

 

Cuando el constructivismo explica qué es necesario para que se produzcan aprendizajes significativos y relevantes, dice que el conocimiento tiene que tener una lógica interna y una lógica externa (que conecte los conocimientos previos del alumno con los nuevos que tiene que adquirir) y dice también que es necesaria una disposición emocional favorable hacia el aprendizaje.

 

¿Cómo se puede provocar esta actitud? ¿Quién la puede hacer nacer y conseguir que se desarrolle? Solamente ese profesor o profesora que se interesa por el alumnado. Los niños aprenden de aquellos docentes a quienes aman.

 

El verbo aprender, como el verbo amar no se puede conjugar en imperativo. Solo aprende el que quiere. Y es conveniente hacer posible que se quiera. Por eso, para ser profesor no basta con dominar la asignatura. Se dice que hace falta, saber transmitirla. Yo digo algo que va más allá de la simple transmisión: hace falta, sobre todo, provocar el deseo de saberla, la pasión por descubrirla, la voluntad de aplicarla y el interés por compartirla. Se deduce, de todo ello, que no es una tarea fácil. Es más cómodo atrincherarse en la postura de que el profesor explica y si alguien no entiende o no quiere entender, allá él.

 

Pidamos a las familias esa necesaria colaboración con los docentes para formar de manera crítica y reflexiva  en los contenidos y valores que los alumnos tienen que adquirir. Si los alumnos aprenden determinadas ideas o teorías, deben hacerlas suyas con una actitud crítica ante ellas y una reflexión propia para el descubrimiento personal de esas verdades, la meta de este aprendizaje será una: adquisición crítica y reflexiva de ideas, valores y teorías  para desarrollar una vida personal (pensamiento y acción) lo más plena posible. Este último quizás sea el objetivo fundamental.

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